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    El Madrid no quiso ganar en Almería

    Desear y querer son dos cosas tan diferentes como un empate y una victoria. O más. Una sola palabra separa a esos dos verbos, pero es una palabra decisiva: voluntad. Es lo que hace falta para remontarse desde la simple apetencia hasta el logro de un objetivo. El Madrid no la tuvo. Querer es poner los medios para conseguir lo que se desea. El Madrid no los puso, no quiso ganar en Almería. No solo se dejó empatar, sino que por el camino perdió crédito. Tal como está la Liga, el Madrid juega ahora dos partidos cada jornada: el real -esta vez contra el Almería- y el simbólico, contra el Barcelona. Visto el juego azulgrana, ha sido una doble derrota blanca disimulada con un punto.
    El partido fue de una gran ramplonería, aliviada solo por la ilusión y el brío con que apareció el Almería en el segundo tiempo. Todo el cielo es un pájaro de luz, según dijo sobre la tierra almeriense su poeta, Villaespesa. No ayer en el campo. Ayer el cielo replegó las alas y todo fue desangelado y sombrío. Un viento desapacible, cómplice de todas las torpezas, iba apagando los escasos destellos de fútbol en este Almería-Real Madrid grisáceo.
    El Madrid, que se distinguía en esta Liga por sus comienzos vigorosos fuera de casa, arrancó cansino, casi ganso. El balón, siempre tan suyo, fue el gran desheredado. Voló de aquí para allá sin dueño ni destino, no era de nadie durante más de cinco segundos. Tostón, matraca o desbarajuste son las palabras que el tiempo suele reclamar cuando transcurre de esa manera. Todo era pesadote, mal resuelto, tontorrón, y la mezcla elegida esta vez entre el variopinto cóctel del centro del campo del Madrid (Diarra-Gago) no valió para graduar la frialdad circundante. El vacío de amenidad fue total; aquello era más simple que el plan de una ameba en su fin de semana.
    Hubo una curiosa simetría: Piatti (una especie de Savio) contra Robben. Dos jugadores helicoidales, de esos con mucho fragor de extremidades en carrera. En medio de la desfibración general, el nudo parecía pendiente de cuál de esas dos hélices girara más. Ambas se estrellaron una y otra vez, pero finalmente Piatti barrenó la posición de Heinze para el 1-1. Heinze gasta fama de jugador cuajado, experto, con mucho aparato expresivo, de voz y de cuerpo; pero es la enésima vez que un atacante se le anticipa para ganarle la batalla del gol. Marcelo, en su lugar, ya estaría condenado.
    El partido, para el Madrid, lo había medio salvado antes un remate de Raúl. Raúl, anta-ño tan letal, despide ya un olor a veneno pasado, pero aún puede marcar otra muesca en un duelo sin tiroteo. Nunca le había marcado al Almería, y ahí dejó ese humo caliente entre las manos de Diego Alves.
    La primera parte consagró la intuición de quienes se habían quedado en casa. La segunda se apiadó de quienes fueron al campo: Crusat salió desde el banquillo para animar por la banda izquierda el juego del Almería, que fue creciendo hasta castigar a un Madrid vulgar en la creación, lento y patoso en el contragolpe, abúlico y, en fin, despectivo de lo elemental: la voluntad de triunfo.

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